Podría parecer una noticia íntima, pero en el caso de Mauricio Macri no hay vida privada. Macri y Juliana Awada se separaron y el dato, lejos de quedar en el plano doméstico, se lee como un episodio más de una biografía que siempre fue pública. Mauricio Macri es Mauricio Macri desde mucho antes de ser presidente: el hijo de Franco, el heredero, el dirigente en formación permanente frente a cámaras. Su vida sentimental, como su carrera política, nunca ocurrió fuera de escena. Por eso la ruptura es más grande que un simple chisme: aparece en el mismo momento en que su proyecto político pierde orden, aliados y centralidad. La separación de Mauricio y la dispersión del macrismo corren en paralelo.
Macri y Awada ya no viven en la casa de Acassuso que durante años funcionó como base familiar y búnker social y político. En ese lugar se instaló otra inquilina: hoy állí vive María Luján “Lulú” Sanguinetti, pareja de Martín Redrado. En el entorno de ambos se comenta que no solo se separaron: también rearmaron sus vidas. Macri estaría teniendo un affaire con una ex empleada de la empresa Globant. Awada, con un financista.
La separación está atravesada por el mundo de los negocios y las relaciones que rodearon a Macri durante años y que Awada conoce en detalle. Todavía no empezó el juicio de divorcio, porque la ruptura, hasta el momento, viene siendo ordenada, pero la ex primera dama vio de cerca amistades, favores, conversaciones de negocios y vínculos que no siempre entran prolijos en una declaración jurada. Ambos son personas que ya tenían antes una buena posición económica. Juliana es quien lleva adelante la marca de ropa familiar Awada y además acaba de sacar una línea de vinos con su nombre junto a la bodega Casa Petrini.
Del mundo de los negocios de Macri se conoce menos, desde que dejó la función pública, pero, según pudo saber esta revista, Awada está atenta siempre a los movimientos empresarios de amigos de Mauiricio como Alejandro Braun y Martín Migoya, fundador de Globant, habitué de los veranos en Villa La Angostura. Estas personas son empresarios con acceso directo a la intimidad del ex presidente y a su rol internacional. Migoya es el caso más elocuente. Macri lo sumó a la FIFA, el espacio desde el que intenta sostener influencia global. También incorporó a Francisco Mayorga para impulsar la plataforma de streaming del universo FIFA.
Lo tuyo y lo mío
La división de bienes se hará sobre un mapa: hay propiedades en Buenos Aires, una casa en Villa La Angostura en el country Cumelén, una en Córdoba y otra en José Ignacio, Uruguay. A eso se suma un proyecto que estaba en marcha: una casa en Vicente López, sobre la calle Gaspar Campos, que fue planificado para convertirse en la vivienda familiar en reemplazo de la mansión de Acassuso. Los albañiles no saben qué hacer. Hay dos propiedades que no entrarían en la división de bienes. Antes de casarse, Macri ya tenía su histórica quinta Los Abrojos, en Malvinas Argentinas y Awada un departamento en Palermo.
Durante años, la familia funcionó como legitimidad. La imagen de Awada, el cuidado de las formas, la calma, el estilo, operaban como contrapeso frente a las tensiones del poder. Él la llamaba “hechicera”, tal vez porque con su encanto lo había conquistado y hasta había logrado retirarlo de las pistas. Allí donde la conquista de mujeres era casi una competencia deportiva con su padre Franco, quien también tenía fama de seductor. Awada había logrado, por algunos años, hipnotizar al Mauricio Macri casanova. Ese hechizo cayó cuando Macri era jefe de Gobierno porteño y aspirante a la presidencia. Desde ese entonces hasta hoy todo fue en subida. Hasta que la magia terminó. Por eso esta separación pesa más ahora. No ocurre cuando Macri está fuerte, sino cuando está corrido. Milei ya no lo consulta, el PRO no lo obedece como antes y la idea de un regreso nacional se redujo a una misión defensiva: sostener la Ciudad de Buenos Aires, con Jorge Macri como apuesta hacia 2027. Ya no hay hechizo.
Macri perdió protagonismo político y estabilidad personal al mismo tiempo. Pero sigue gravitando desde donde siempre se sintió más cómodo: la red internacional, el fútbol como plataforma, los negocios como idioma y los vínculos como herramienta. Y en ese equilibrio entre declive doméstico y la proyección global empieza una etapa distinta: menos visible, más estructural. Y bastante más solitaria.
Desintegración
El PRO está viviendo su crisis más profunda desde que nació. El partido que Macri fundó para ordenar a la centroderecha terminó funcionando, en el gobierno de Javier Milei, como un simple vivero de cuadros para La Libertad Avanza. El macrismo, que imaginaba un cogobierno, se enteró tarde de que lo estaban usando para ganar tiempo, cubrir agujeros técnicos y sumar volumen político, hasta dejarlo vacío por dentro. Fue una migración organizada, en cuotas, que desangró al partido desde adentro. Patricia Bullrich es el caso más brutal: fue candidata presidencial del PRO y terminó siendo una pieza central del dispositivo de poder de Milei.
La lista de fugas sigue con la segunda línea, que en política suele ser la verdadera caja de herramientas. Los “bullrichitos” –los jóvenes dirigentes y armadores que crecieron pegados a la ex ministra– encontraron en Milei un refugio. Ahí entran nombres como Damián Arabia, Sabrina Ajmechet, Juan Pablo Arenaza o Silvina Giudice A esto se suma el desembarco de técnicos y figuras económicas del universo PRO dentro del aparato estatal de Milei: un caso es Federico Sturzenegger, el ministro de Desregulación y Transformación del Estado desde julio de 2024, con un rol central en la “motosierra” regulatoria del gobierno. En el Banco Central aparece, casi sin hacer olas, Juan Ernesto Curutchet como integrante del directorio.
En el Gabinete siguen los nombres: Luis “Toto” Caputo, independizado de Macri, con quien habla cada vez menos, y Diego Santilli, más adentro de LLA que del PRO. Milei se quedó con el control del rumbo, el relato de la época y la capacidad de castigar o premiar. Y al PRO lo dejó con el rol más ingrato: el que acompaña en silencio. En el Congreso, el macrismo apoyó leyes clave, blindó vetos, dio gobernabilidad. En el Gabinete, aportó cuadros, gestión, territorialidad. ¿Qué recibió a cambio? Ninguna conducción compartida. Ninguna mesa real. Mucho menos una garantía de futuro. En vez de “alianza”, terminó siendo una transferencia. El oficialismo lo fue vaciando sin romperlo de golpe: se llevó una figura, después otra, después los armadores, después los técnicos. Cada pase debilitó un poco más la cohesión interna y aceleró el efecto dominó.
Y Macri, mientras tanto, quedó en el peor lugar: demasiado afuera para mandar y demasiado adentro para criticar. El resultado es un PRO sin épica, sin candidato claro y con dirigentes que ya no le contestan al fundador sino al poder real.
Sobreviviente
Cristian Ritondo leyó antes que muchos cuál era el problema real del PRO en la era Milei: desaparecer por absorción o sobrevivir como aliado. Mientras una parte importante de los dirigentes amarillos empezó a migrar hacia La Libertad Avanza, Ritondo eligió un camino menos vistoso y bastante más práctico: quedarse donde estaba, sostener el bloque y conservar un pedazo de poder propio. En otras palabras: ser cabeza de ratón en vez de cola de león.
En un PRO que se va achicando sin estruendo, mantener la jefatura de un bloque no es nada despreciable. Ritondo se quedó con ese activo. Ser jefe de bloque tiene ventajas concretas: La primera es la centralidad parlamentaria. No se trata solo de votar, sino de decidir cuándo, cómo y a cambio de qué. La segunda es el vínculo directo con el Ejecutivo. Los llamados llegan al jefe de bloque, no a los diputados sueltos. Y en ese ida y vuelta se negocian apoyos, se reclaman gestos y se construyen relaciones que valen más que un discurso encendido. La tercera ventaja es interna: en un partido sin conducción clara, el bloque funciona como una estructura que ordena y mantiene un mínimo de cohesión. El rol de Ritondo le sirve primero al propio Ritondo, pero también a Macri, quien a través de ese bloque en Diputados conserva una herramienta a la que todavía puede acudir.
El rol que juega Ritondo no es el del opositor clásico ni el del aliado incondicional. Es el del intermediario profesional. Su lógica se parece más a la del dirigente que administra tiempos y costos que a la del converso ideológico. Acompaña cuando conviene, frena cuando hace falta y negocia. No siempre le sale bien. Durante las sesiones extraordinarias, luego de votarse el Presupuesto, el Gobierno negoció con el kirchnerismo la composición de la AGN. El PRO no ligó nada. Ritondo habló exaltado desde su banca y terminó haciendo una denuncia por tratarse de nombramientos inconstitucionales.
Reinvención
El episodio del Presupuesto terminó de ordenar el cuadro. El PRO había acompañado leyes clave, había puesto el cuerpo para garantizar gobernabilidad y esperaba, como mínimo, seguir sentado en la mesa. No pasó. Para el PRO fue la confirmación de que ya no era necesario para la construcción de poder de Milei. El golpe fue doble. Hacia afuera, el PRO quedó expuesto como una fuerza auxiliar, sin capacidad de condicionar ni de marcar agenda. Hacia adentro, el efecto fue devastador. El partido no tiene siquiera candidato nacional en construcción. Quedan estructuras, gobernadores, intendentes, legisladores y dirigentes que sostienen la marca, pero sin una idea clara de hacia dónde. Macri lo sabe. Por eso dejó de fantasear con un regreso nacional.
Ni siquiera su reciente separación de Awada lo haría volver a la política. Cabe recordar que, cada vez que se le preguntaba si volvería a la rosca, ponía su familia por delante como una excusa. Ahora, separado, habrá que ver si recalcula con esa idea. ¿Qué hará? Su apuesta para 2027 es más modesta y, a la vez, más concreta: la Ciudad de Buenos Aires. Como en 2023 se puso al hombro la candidatura de Patricia Bullrich con la ilusión de volver al poder, ahora trabaja para asegurar la reelección de Jorge Macri. La Ciudad es el último activo real del PRO, porque tiene caja, influencia, capacidad de gestión y estructura electoral. Perderla sería quedarse sin red.
En paralelo, Macri está cada vez más enfocado en el territorio donde todavía se siente competitivo: el fútbol. Sigue de cerca la interna en la AFA, observa la crisis de Claudio “Chiqui” Tapia como una oportunidad y vuelve a pensar el fútbol como plataforma de poder. Sigue de cerca la vida política de Boca Juniors apoyando a cualquier dirigente que quiera hacerle oposición a Juan Román Riquelme. Desde su lugar en la Fundación FIFA influye y se lo consulta sobre la situación argentina. La hipótesis de los macristas más optimistas es que, antes o después del Mundial, podría haber una aceleración judicial contra Tapia, en Argentina o Estados Unidos. Entonces, ¿qué podría pasar con el presidente de la AFA? En cualquier escenario, el titular de la FIFA, Gianni Infantino, tendrá influencia y emitirá su opinión. Tapia tiene buena relación con Infantino, pero Macri es amigo.
El presente del ex presidente es incierto. Acaba de presentar un libro sobre la vida de su padre, como un gesto simbólico de cerrar una historia que lo marcó durante toda su vida. Al mismo tiempo está cerrando una relación de pareja de 15 años de vida. Está atravesando la expulsión del sistema político, mientras trata de sobrevivir como actor de poder desde el lugar que tiene como ex presidente. A sus 66 años, Macri atraviesa una nueva crisis sobre la que todo el sistema político se pregunta como la enfrentará.
No hubo un quiebre abrupto ni una escena final. El proceso fue más silencioso y, por eso mismo, más efectivo. Macri dejó de ordenar, el PRO dejó de marcar el ritmo y el poder empezó a circular por otros carriles. Milei avanzó sin necesidad de negociar liderazgos heredados y el macrismo quedó administrando lo que todavía conserva. Hoy no hay centro ni conducción compartida: hay un ex presidente con influencia limitada, un partido que acompaña más de lo que decide y un sistema político que funciona sin pedirle opinión. Es como si Macri estuviera poco a poco perdiendo esa magia que lo llevó a la presidencia, como si el hechizo se hubiera terminado.
