En el valle inferior de Río Negro, una región donde el riego convierte la aridez patagónica en tierras fértiles, Edgardo Tejeda construyó con paciencia y trabajo un proyecto ganadero que hoy comienza a consolidarse. Lo que empezó con apenas 30 vacas Angus se transformó con el tiempo en una cabaña que produce cada año unos 30 toros reproductores destinados principalmente al circuito de exposiciones patagónicas.
Tejeda vive en Viedma, pero su establecimiento se encuentra en el área productiva del Idevi, el Instituto de Desarrollo del Valle Inferior, un proyecto que décadas atrás impulsó el desarrollo agrícola bajo riego en la zona. Allí, donde el agua permitió cambiar el paisaje productivo, el productor fue dando forma a su emprendimiento.
“El valle fue generado a partir de un proyecto que tuvo apoyo internacional y en el que el Idevi tuvo un rol importante. Durante muchos años costó que creciera, pero hoy el norte de la Patagonia está muy pujante”, explica.
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Según señala, el crecimiento de los valles patagónicos se vincula con la llegada de nuevas inversiones privadas y el desarrollo de producciones alternativas. Entre ellas menciona el avance de los cultivos de avellano y el fortalecimiento de la actividad ganadera en la región.
En el establecimiento, el maíz cumple un rol central dentro del esquema productivo. Todos los años destina alrededor del 20% de la superficie a maíz
La Nación
La historia de Tejeda con el campo comenzó mucho antes. Nació en una familia de productores del norte de La Pampa, descendientes de inmigrantes españoles. Su abuelo paterno había llegado desde Zamora en 1917 con apenas 15 años y, tras trabajar como arrendatario, logró acceder a la tierra.
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Sin embargo, fue su abuelo materno quien despertó en él la pasión por la ganadería. “Era cabañero de Shorthorn y un apasionado del tema. Yo pasaba mucho tiempo con él porque me gustaba andar a caballo y recorrer los rodeos”, recuerda.
Tras terminar la escuela secundaria trabajó durante algunos años con su padre en el campo familiar. Pero a fines de la década del 80 decidió cambiar de rumbo y viajar a Río Negro en busca de nuevas oportunidades.
“Llegué a Viedma en 1988 con una mano atrás y otra adelante”, cuenta. Su primer trabajo fue en la estación experimental del Idevi, donde se desempeñó como extensionista rural, acompañando a pequeños productores y participando en programas de desarrollo productivo.
En ese contexto, uno de sus jefes lo impulsó a continuar estudiando. A los 24 años comenzó su formación universitaria en la Universidad Nacional del Comahue, donde se recibió como licenciado en gestión de empresas agropecuarias y técnico en agronomía.
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En el Idevi, cerca de Viedma, Edgardo Tejeda combina silaje de maíz, pasturas y selección genética para producir reproductores
Durante años trabajó en distintos programas vinculados al desarrollo rural y también en la implementación de la Ley Ovina. Paralelamente comenzó a desempeñarse en el sector privado como administrador de campos, experiencia que le permitió adquirir conocimientos prácticos sobre manejo productivo.
Con el tiempo decidió dar el paso hacia su propio proyecto. El punto de partida fue la compra de 30 vacas Angus que recibió como parte de un acuerdo laboral cuando dejó un campo donde trabajaba. Con ese rodeo inicial alquiló una chacra y, posteriormente, logró comprar un establecimiento de 30 hectáreas en Idevi.
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Así nació la cabaña La Carlota, nombre elegido en homenaje a su lugar de origen en La Pampa.
Desde entonces comenzó un proceso de mejora genética sostenido. A partir de inseminación artificial y selección de reproductores fue incorporando líneas de Angus colorado para fortalecer el rodeo.
El sistema productivo que implementó combina riego, pasturas implantadas y silaje de maíz. Este último cumple un rol clave dentro del esquema alimenticio del establecimiento. Cada año destina alrededor del 20% de la superficie al cultivo de maíz para producir silo.
Con unas 20 hectáreas logra rendimientos cercanos a las 60 o 65 toneladas de materia verde por hectárea, lo que le permite elaborar cinco silos que sirven como base de alimentación durante los meses más fríos.
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Entre mayo y septiembre, período en el que se concentra la parición, las vacas se alimentan principalmente con ese silo de maíz, lo que permite mantener el estado corporal del rodeo durante el invierno patagónico.
El resto del año el sistema se apoya en pasturas consociadas implantadas. Actualmente cerca del 80% de la superficie del establecimiento está destinada a este tipo de pastoreo intensivo, que se maneja mediante rotaciones diarias y riego permanente.
En total, Tejeda trabaja unas 110 a 120 hectáreas bajo riego, de las cuales alrededor del 70% son alquiladas. En ese espacio mantiene cerca de 210 vacas madres puro controlado, además de unas 60 vaquillonas preñadas, terneros y los toros destinados a la venta.
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Cada temporada produce aproximadamente 30 reproductores que comercializa en exposiciones ganaderas de la Patagonia. El circuito comienza generalmente en Río Colorado a principios de septiembre y continúa por diferentes localidades de la región como la Comarca Viedma-Patagones, Conesa y el Valle Medio.
A pesar de los avances logrados, el productor reconoce que todavía tiene desafíos por delante, especialmente en la preparación de los animales para las exposiciones.
“Creo que tenemos muy buena genética, pero durante mucho tiempo me faltó organización para llegar con los toros mejor preparados a las pistas”, admite.
De cara al futuro, uno de sus objetivos es profundizar el trabajo con evaluación genética y datos productivos. Entre las herramientas que planea incorporar se encuentran mediciones mediante ecografías para analizar área de ojo de bife y nivel de marmoleo, indicadores clave en la selección de reproductores.
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Actualmente Tejeda continúa trabajando por las mañanas en el ámbito técnico y dedica las tardes a su cabaña, una combinación que fue fundamental para sostener el crecimiento del emprendimiento.
“Pude desarrollarlo porque tenía otro ingreso. Arrancar desde abajo sólo con la cabaña hubiera sido muy difícil”, explica.
A los 62 años, asegura que la pasión sigue siendo el motor principal de su trabajo. “Ese chico que disfrutaba salir a recorrer las vacas con su abuelo sigue estando”, dice.
Y concluye con una reflexión sobre el espíritu de la actividad: “Para muchos productores en la Argentina la ganadería es una pasión. Si no fuera así, sería muy difícil sostenerla en contextos tan cambiantes”.
