– Cambió el clima. Eso decíamos unas semanas atrás. Javier Milei venía de obtener triunfos parlamentarios, pero en un contexto que ya era diferente. Y en estos días circuló una encuesta de AtlasIntel que junto con Bloomberg hacen mediciones mensuales en todo el continente y éste es capítulo argentino. Está en sintonía con otros estudios que se conocieron estos días. Pido disculpas por anticipado porque voy a hablar de cifras, pero trataré de ser lo más ilustrativo posible. Es un sondeo de 4.761 casos (el de AtlasIntel), con reclutamiento digital aleatorio y ajustes posteriores por variables duras: sexo, edad, educación, ingresos, región y voto previo.
– Y si uno mira la foto con detenimiento, lo primero que salta es una evidencia política que choca de frente con el relato que nos vienen vendiendo hace meses: está sobrenarrada la fortaleza de Milei y de su proyecto. Sobrenarrada en los medios, sobrenarrada en los círculos empresariales, y también —ojo— en una parte de la oposición que usa esa supuesta fortaleza como coartada para su propia pasividad o directamente para su colaboración. “No se puede hacer nada”, “está sólido”, “la gente lo banca”, “no hay alternativa”. Bueno: estos números no cuentan esa historia.
– Miremos el núcleo: la aprobación del presidente está bastante abajo. Hoy desaprueba el 55,3% y aprueba el 41,5%. Y cuando se pregunta por la evaluación general del gobierno, se profundiza: 53,1% lo califica como malo o muy malo, contra 35% excelente o bueno ¿Se está acercando al tercio histórico de base de la derecha? La pregunta es legítima. Ya se había registrado en las elecciones de octubre que el oficialismo había mutado de piel: su base se desplazó hacia los sectores de más altos ingresos (esta encuesta lo confirma). Ahora vemos una caída: la más baja desde 2023. En imagen personal, Milei aparece con 57% negativa y 41% positiva. Esto no es un detalle técnico: esto es política. Es una mayoría social que, aun con todas las mediaciones, aun con todo el aparato, está diciendo: “no me convence, no funciona, no está bien”.
– Y ahora, cuando entramos en la economía, aparece el combustible real de esta caída. Porque la política, al final, no flota en el aire: flota en el bolsillo, flota en el trabajo, flota en la heladera. Y lo que muestra este estudio es un diagnóstico durísimo, bastante transversal: 62% dice que la economía del país está mal, 57% que la situación de su familia está mal, y 77% que el mercado de trabajo está mal. Setenta y siete. Es decir: no es solo “che, está caro”; es “no hay horizonte, no hay trabajo, no hay estabilidad”.
– Entonces, con ese telón de fondo, aparece uno de los puntos más interesantes —y más contradictorios para el oficialismo—: la cuestión de la reforma laboral. Primero, incluso en la pregunta general sobre si “se necesita una reforma laboral”, el país está partido: 46% dice que es necesaria y 49% que no es necesaria. Pero acá viene el corazón del asunto. Cuando se pregunta por medidas específicas, la sociedad no responde como quiere Milei. Por ejemplo: hay una leve mayoría que ve con buenos ojos aumentos salariales por rendimiento, 51% a favor, 43% en contra. Pero cuando vamos a lo estructural del paquete flexibilizador, aparecen mayorías claras de rechazo: convenios por empresa, rompiendo convenios por rama: 49% en contra, 43% a favor. Jornada flexible hasta 12 horas con banco de horas: 60% en contra, 39% a favor. Limitar el derecho a huelga ampliando actividades esenciales: 59% en contra, 37% a favor. Vacaciones fragmentadas, mínimo de 7 días corridos: 56% en contra, 36% a favor. Y el punto quizá más contundente: calcular indemnizaciones sin aguinaldo ni bonos, o sea abaratar el despido: 71% en contra, 23% a favor. Setenta y uno contra veintitrés. Esto no es “un matiz”: es una pared.
– Hay más. Porque cuando se pregunta qué creen que produciría una reforma laboral, la percepción social es nítida: 55% cree que va a aumentar la precarización, 49% que aumentaría la informalidad, y 59% que disminuirían los derechos de los trabajadores. O sea: incluso donde puede haber dudas sobre la necesidad “general” de reformar, el contenido efectivo que impulsa el gobierno es leído como lo que es: un ataque a las condiciones de vida de quienes viven de su trabajo.
– Entonces, ¿qué está pasando? Que Milei intenta instalar un clima de épica triunfalista: “ya ganamos, ya no se discute, es esto o el pasado”. Eso va a ensayar en la apertura de sesiones mañana. Pero este trabajo muestra algo mucho más real: hay un malestar profundo con la economía; hay caída de apoyo; y hay un desacople entre el marketing del gobierno y lo que la gente quiere cuando le preguntan con precisión.
– Si uno junta las piezas, aparece una conclusión política que vale oro: no hay una mayoría consolidada en torno al programa y al universo de ideas del Gobierno. E incluso, se está configurando una mayoría en su contra con bastante claridad de lo que no quiere.
– Hay un gobierno que grita fuerte, que ocupa agenda, que se apoya en una oposición tradicional desprestigiada y fragmentada, en una dirigencia sindical dócil. Pero una cosa es esa crisis del universo opositor y otra cosa muy distinta es que exista un mandato social para el programa de Milei. Esa equivalencia es la gran mentira del momento. Y es la mentira que se está tragando la casta que vota a la carta lo que le pide Milei.
– Esto se nota en muchos gestos o detalles: en la simpatía que tienen los protagonistas de conflictos duros que enfrentan el ajuste o los referentes que se plantan contra Milei (la izquierda, por ejemplo). Ayer nomás, el corte que se hizo en el centro recibió un sorprendente apoyo de la gente que estaba en los negocios, en los bares y en la zona.
– ¿Y qué hacemos con eso? Porque ahí está la política real. Si el malestar queda disperso, si queda encapsulado en la queja privada, si queda administrado por la rosca parlamentaria, entonces Milei va a intentar avanzar igual, aun con baja legitimidad. Pero si ese rechazo se organiza si se transforma en fuerza social, entonces el “relato de fortaleza” se cae como un decorado.
– Por eso digo que está sobrenarrada la fortaleza de Milei. Porque lo que hay, más que fortaleza, es una combinación de propaganda, polarización o tendencia del gobierno a cerrarse sobre su tercio y vacío opositor. Y contra eso, los datos —cuando se los mira bien— muestran un terreno fértil para disputar: la reforma laboral no tiene cheque en blanco; la economía erosiona; y el apoyo cae. No es un detalle: es una oportunidad política. Y, sobre todo, un recordatorio: los proyectos no se imponen solo con discursos; se sostienen con resultados. Y los resultados, para la mayoría, no están llegando.
